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Era un perro de tamaño mediano, que tenía por dueño a un jovencito de apenas ocho años. El perrito se llamaba Bobby y al oír su nombre, movía la cola y miraba hacia quien lo llamaba. Su dueño se llamaba Hugo y quería mucho a su compañero de juegos y de exploraciones por el parque cercano y al cual iban cuando su mamá lo permitía. Bobby había aprendido a traerle a Hugo sus libros, cuadernos y lápices que tomaba delicadamente con su boca, valiendose de sus dientes. Se quedaba mirando cómo Hugo realizaba sus deberes escolares. Los que veían al perrito tan atento a lo que realizaba Hugo, decían que parecía como que Bobby también estaba aprendiendo. Un día, salieron al parque a jugar y Bobby se distrajo debajo de un árbol, viendo las carreras de las ardillas por entre las ramas. Llegaron personas extrañas que se acercaron a Hugo y le ofrecieron caramelos y chucherías. Al principio el chico no quería acercarse, recordando que su mamá le decía que no debía aceptar nada de extraños. Pero las golosinas eran tentadoras y Hugo no resistió mucho y se acercó a los extraños para tomar esas golosinas. Tan pronto se les acercó, los extraños lo sujetaron y se lo llevaron. Al darse cuenta de lo que estaba pasando, Bobby corrió hacia el grupo ladrando fuertemente, de modo que llamó la atención de las demás personas y del vigilante del parque, que alcanzó a los extraños y rescató a Hugo de sus manos. El vigilante acompañó a Hugo y a su perro Bobby hasta su casa, entregándolo a su madre. Por su parte, Hugo nunca más desobedeció las órdenes de sus padres y Bobby nunca más se desentendió de su amigo y dueño.